Fiesta a taparrabo

Es hora. (Foto: Aaron of Mpls).

Es hora. (Foto: Aaron of Mpls).

-¡Dios, ve eso! Párate, detente tantito. ¡Mira, hasta adelante de la marcha!-grité a mi papá desde el asiento trasero mientras señalaba hacia enfrente a la izquierda. Nuestro coche se detuvo, porque en realidad no teníamos otra opción. Por una vez el tráfico del DF me hacía un favor.

-¿Qué? ¿Qué cosa? -preguntó mi papá, para ver movía el rostro de izquierda a derecha como lo habría hecho un boxeador esquivando golpes, o en este caso, manifestantes.

Todavía quedaban algo lejos las figuras, pero sabía que mis ojos no me engañaban. Nos ubicábamos sobre Cuauhtémoc, casi esquina con Álvaro Obregón. A nada de llegar a la casa, pero hoy me iba a tocar una desviación que sólo podía ocurrir en México.

-Ahí, en la marcha esa religiosa. -Aventuré cuando vi una estatua de la Virgen María-. Ash, ¿cómo se les llama?…-pedí apoyo ante mi lapsus brutus.

-Peregrinación-ofreció Quiqui, mi hermano, desde el asiento de copiloto.

-Sí, en la peregrinación. ¡Hasta adelante! ¿Alcanzan a ver?

-No. ¿Qué es? -preguntó mi papá mientras veía en otra dirección, más atento en resolver cómo íbamos a esquivar al camión de enfrente. ¿Saltando quizá?

-¡Mexicas!-grité sin poder contenerlo más.

-¿Mexicas?-increpó mi hermano, creyendo que no me había oído bien.

-¡Mexicas!… ¡¡Bailando!! Hasta adelante de la marcha, frente a la Virgen María. Jajaja. -Se habían acercado un poco más. Ahora era imposible no ver esos taparrabos agitándose de un lado a otro, con una pluma verde sobre la cabeza cual cresta. Cuatro hombres chaparritos de piel morena, seguramente prófugos de una pintura de Diego Rivera, se agitaban con ganas de un lado a otro. Imaginé que querían sacudirse alguna pulga.

-¡Qué tontería! -señalé con mi usual precisión académica-. ¿Cómo pueden bailar para la Virgen? ¿Que no saben que la cristiandad destruyó su cultura?

-Javi, respeta. -Aseveró mi papá con ese tono grave que a veces ponía, cuando quería poner una situación bajo la alfombra con la autoridad de su voz. Pero se le olvidaba que tenía un hijo subversivo.

-¡Ya sé! ¡Voy a unirme a la marcha!-declaré.

-¡¿Qué?!-preguntaron incrédulos mi papá y mi hermano.

-Sí. Voy a la casa por mi casco vikingo y nuestra figura de Odín, y me uno al baile. Digo, si ya tenemos popurrí cultural, por qué no.

-Javi, ¡cierra esa puerta! -gritó mi papá cuando me dispuse a salir del coche.

Muy tarde. En momentos me bajé del vehículo, corrí hasta el departamento, y llegué a mi cuarto. Tomé el casco con cuernos y trencitas que me había comprado en Dinamarca. Siempre había sabido que un día lo necesitaría. Pasé al estudio y recogí nuestra figura grandota de Odín con todo y su lanza. Finalmente para ir presentable a la marcha, me quité todo y me puse speedo y chanclas. Corrí de regreso.

Seguían sobre Cuauhtémoc, ya casi pasando Álvaro Obregón. Eran cientos de personas. Un ejército de seños y doñas, maridos que las acompañaban para que no los regañaran, y niños en fase uno de lavado de cerebro. My party people por los siguientes minutos, pensé. Se me quedaban viendo mientras corría hasta adelante de la marcha. ¿Habría sido por el traje de baño, o por mis trencitas? Eventualmente llegué a la guardia de honor escoltando a la Virgen: los mexicas.

No habían parado de saltar, así que me uní. Con Odín en mis manos sobre mi cabeza, me puse a brincar con ellos. Un pie por aquí, otro por acá, entré al círculo. Escuchaba la flauta a mi alrededor y los tambores. No sé qué se metió en mí, quizá la todopoderosa Odinforce de las sagas, pero cerré los ojos y bailé como ni siquiera lo había hecho en Saint Patrick’s Day en Ámsterdam. Sentí el sudor caliente corriendo sobre mi pecho. Todo era felicidad.

Pero de pronto me di cuenta que no escuchaba los tambores. La flauta había cesado. Abrí los ojos y los vi. Todos se habían detenido y volteaban en mi dirección. No sólo los mexicas. Se había hecho una bola de gente a mi alrededor. Sentí que la peregrinación entera me miraba.

Tenía dos opciones: que la muchedumbre me matara, o persuadirlos de que era parte del grupo.

-¡Amigos!-grité con todo la autoridad que me permitía mi speedo-. Vi su fiesta a lo lejos y me identifiqué con ustedes. La Virgen María y el México prehispánico celebran la felicidad, el amor y todas las bendiciones que hemos recibido. Como representante de Odín en México -sí, hoy asumía mi destino-, encuentro encomendable su empresa. La fe escandinava comparte sus mismos principios. ¡Unámos entonces en celebración, como hermanos!

¿Funcionará? Fue lo primero que pensé al terminar de hablar. Hubo un instante de silencio. Fuck, eso es toda la respuesta que necesitaba. Busqué en dónde había menos gente. Si corría con la lanza de Odín por delante, quizá podría escapar sin que me abrumaran. Imaginaba que sería preferible sacarles un ojo en lugar de yo perder uno (curiosamente como el All-Father), cuando escuché algo.

-¡Aaahhhh!-gritó alguien en la segunda fila mientras alzaba su brazo derecho en celebración. Otros le siguieron-. ¡Odín, Odín, Odín!-gritó la misma persona y otros continuaron. Los mexicas también empezaron a cantar. Sonaron los tambores. Las flautas. Me encontré gritando el nombre del All-Father con ellos. Toda la parte de adelante se unió a la fiesta. La Virgen se sacudía de arriba para abajo; quién lo diría, la chica tenía ritmo.

Pronto toda la peregrinación repetía el nombre. Continuó la marcha y reanudaron el círculo de saltos los mexicas. Veía a mi alrededor, entre incrédulo y asustado todavía. Uno de los modelos de Diego Rivera me invitó a unirme al círculo, y accedí. Ahí estaba, saltando de un lado a otro, cuando noté que esa persona de la segunda fila se acercaba hacia nuestra zona. Le quería dar las gracias por haberme ayudado. Pero cuando estuvo enfrente noté que también traía un speedo y lo reconocí.

-¡Quiqui!-grité cuando mi hermano entró al círculo-. ¡Gracias por salvarme!

-No me agradezcas a mí-respondió sonriendo-. Da las gracias a Odin All-Father.