Rodolfo Becerra

Marco Díaz Calleja - Rodolfo Becerra

La naturaleza y su familia eran su vida… (Foto: Mathjis Delva).

Un día Rodolfo Becerra salió de su casa en Cuernavaca para recolectar hongos para su nieto. Tras retirarse como profesor de geología en la universidad, lo que más disfrutaba era la naturaleza y su familia. Pero de pronto sintió un fuerte golpe en la nuca. Todo fue oscuridad.

Rodolfo recibió un zape en la frente. Le quitaron una bolsa de su cabeza. No sabía cuánto tiempo había pasado. Las luces blancas quemaron sus ojos. La sombra de un hombre con traje lo contemplaba. Había sólo una mesa entre ellos. Le hablaron en un idioma extraño. ¿Era ruso? Negó hablar ese idioma, dijo que era la persona equivocada. Ni siquiera le gustaba el vodka. La misma persona cambió inmediatamente a un español perfecto.

Sabemos quién eres, le dijo. Entréganos la muestra del T89.

¿Qué es eso? No tengo idea de qué me habla, contestó Rodolfo. Le dieron un macanazo.

No mientas, aseveró la sombra. Sabemos todo sobre ti. Pero si quieres jugar…

Entonces una ráfaga de balas llovió en el cuarto.

Cayó la sombra muerta sobre la mesa. También sucumbieron otros dos hombres al piso que ni siquiera había visto antes Rodolfo.

Gastón, vámonos, le dijo un joven que salió de la oscuridad. He venido por ti. Rodolfo gritó, no tenía idea de quién era el joven, ni dónde estaba. Su salvador se identificó como John Smith, espía británico. Rodolfo no podía creerlo, ¿era una broma? John le explicó que seguramente lo habían confundido con Gastón Putinsky, espía legendario de la Guerra Fría.  Rodolfo dijo que él no era nada de eso. Solamente quería regresar a casa y entregar los hongos a su nieto. Entonces sonó la alarma.

John dijo que no tenían tiempo. Iban a tener que trabajar juntos si querían salir vivos.

Huyeron en los pasillos de una base subterránea. Inmediatamente Rodolfo se cansó.  ¿Qué demonios? le preguntó John. Me falta mi bastón, dijo Rodolfo. Tengo una pierna mala.

Dos hombres aparecieron enfrente del pasillo y uno detrás. John aventó una granada hacia los dos al frente. Volteó y disparó exactamente entre los ojos del tercero. Fuck, este sujeto traía bazooka. Con tal de conseguir la muestra del T89 no les importa ni siquiera volarse entre ellos, indicó John. Realmente quieren detenerte. ¿Seguro que no eres Gastón…

…Putinsky? No, creo que no, respondió Rodolfo.

Ok, ¿quieres un bastón? Ten, toma esto, le dijo John mientras le entregaba la bazooka.

¡¿Estás loco?! increpó Rodolfo.

¿Qué? Tiene seguro, aseveró John.

Continuaron por la base. John informó que la única forma segura de huir sería robar un helicóptero. Llegaron a un cuarto con computadoras frente al hangar. Puertas cerradas transparentes mostraban un vehículo justo del otro lado. Cúbreme, le dijo John a Rodolfo.

¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! contestó el anciano apoyándose en su bazooka-bastón. En eso llegaron dos sujetos a la entrada de la puerta.

John inmediatamente los despachó cada uno con un balazo. Maldita sea Rodolfo, dijo John. Necesito que me cubras para infiltrar la consola y tomar un helicóptero. ¡No puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo! Apenas iba a reclamar Rodolfo cuando John ya se había volteado para concentrarse en la computadora.

Como si hubiera sabido que ahora era cuándo, un sujeto más apareció. Entró alzando la pistola hacia la cabeza de John. Como por instinto, Rodolfo extendió su bazooka-bastón hacia los pies. El sujeto se tropezó y golpeó su nuca con la orilla de un escritorio. Cayó muerto.

Vaya, ¡impresionante! dijo John todavía viendo la pantalla.

Dios. Creo que años de molestar a mis nietos entraron en acción, expresó Rodolfo.

John volteó con cara de extrañado.

Bueno, sin lo de romperles el cráneo, aclaró Rodolfo.

Sonó la computadora y se abrieron las puertas del hangar. ¡Vámonos! indicó John.

Subieron los dos al helicóptero. Era un modelo con la parte de atrás abierta para pasajeros, como los de Vietnam. John montó adelante, Rodolfo atrás porque había más espacio para su pierna mala.

¿Dónde te dejo? preguntó John al profesor.

Hemm… Bosque Obregón. A 2 km del parque nacional, respondió Rodolfo.

Bien.

Por cierto, ¿cuál era el seguro?, dijo Rodolfo mientras por primera vez revisaba su arma y apoyo improvisado.

El modelo ruso tiene un botón a lado del gatillo, indicó John.

Rodolfo busco el botón, pero el vehículo atravesó turbulencia. El movimiento desplazó su dedo. Presionó el gatillo. Un cohete voló del arma.

¡¡¡Dios bendito!!!!, gritó Rodolfo.

El misil salió volando de la parte abierta del helicóptero. Se dirigió a la base de la que huían. Impactó en un tanque de combustible. Voló la instalación completa.

¡¡¡¡¡DIOS MÍO!!!!!! gritó nuevamente Rodolfo. ¡¿No que tenía seguro?!

Ah, es que creo que es el modelo ucraniano. Ése no lo conozco. Sin problema, ya te acabaste los proyectiles.

Tres infartos después llegaron a la casa de Rodolfo. Bajó el helicóptero en una zona despejada del bosque. Servido, dijo John. Regresaré pronto para hacer un reporte. No vayas a ningún lado.

No quiero volver a salir en mi vida, aseguró Rodolfo. Se despidieron. El profesor se dirigió a su casa.

Cuando llegó su familia no lo podía creer. Se habían reunido todos, estaban a la mitad de los rezos con ataúd enfrente. Creían que había muerto. Cuando desapareció le habían pedido ayuda a la policía, la cual había encontrado un cadáver idéntico.

Rodolfo les contó todo. Hasta les mostró su bazooka-bastón como prueba. No es seguro que ayudara, pero por lo menos los nietos se lo repartieron al son de “primis”.  Eventualmente todos se calmaron. Se retiró Rodolfo a su cuarto para descansar.

Cerró la puerta. Se sentó en la cama y suspiró.

Nido 1, nido 1, ¿me escucha? Águila 2 reportándose, dijo Rodolfo mientras alzaba la muñeca a su boca. Operación comprometida, se sugiere reubicación y eliminar muestra del T89. Se aprecia coartada con muerto fabricado, pero resultó innecesario.